Hasta después de tres años de viaje regresaría a mis orígenes apostando por el descanso emocional de estar - "por así decirlo" - en un lugar seguro cerca de mi familia y de mi gente. Volví a pisar a Lima después de seis días de viaje desde Rió de Janeiro. Los recuerdos del viaje se encofraron inmediatamente en aquel baúl que suelo utilizar para hermetizar y blindar lo que no quiero exponer ante la depredación del mundo, el desorden colectivo, y las insensibilidades de la vida. Ni bien toque el suelo limeño, experimenté una atmósfera de terror, como quien dice, mirando a todos lados sin saber que hacer o a donde ir, sintiéndome un extraño en mi propio país.
Faltaba algo que sin dudas había quedado atrás: Quizás el mar de rostros que ya comenzaba a extrañar, los días de asado con mis amigos de Rosario en el club Mitre, y las tardes de futbol en el atardecer de Rio de Janeiro; hasta la certeza de que una nueva aventura viniera junto con un nuevo rostro para darle esa pizca de emoción y adrenalina a mi vida. Sin embargo, en frente tenía el objetivo de intentar reinsertarme al sistema, mejor dicho, llegar a casa, descansar unos días, buscar un trabajo, volverme un consumista mas del montón, ahorrar un poco, y considerar la opción de hacer mis planes de viaje en "otro level": África o China.
Nada mal para un soñador empedernido a pesar de no tener diáfanas las ideas, pero a estas alturas a quien le importa. Al final ya muchas cosas había obtenido con tan solo pronunciarlas, y cuando menos me daba cuenta, llegaba a muchas otras en el afán de llegar a lo primero. En fin, todo sabía muy fácil considerando todas las implicancias y los extremos que aprendí a sobrellevar como viajero, pero tal y como lo digo siempre que alguien me pregunta respecto a que es lo que necesita una persona para lograr grandes proezas, en ese momento me faltaba lo mismo: Estar preparado psicológicamente para los cambios bruscos, y vaya cambio.
Mientras hilvanaba mis ideas, la desesperación colmaba la jovialidad que las personas habían conocido en mí, para convertirme nuevamente en el ente gruñón y malhumorado que había olvidado ser por completo. Bueno, ni tanto, ya que la vez que me enfurecí de la misma forma, me encontraba en algún paraje de Bolivia, sin agua, sin comida, empujando o cargando mi bicicleta por las quebradas, y con mi deshidratado animo de padecer una infección estomacal. Aquel día renegué al punto de patear mi bicicleta tantas veces como soñé en emprender un viaje que pensé seria simple y placentero. Pero esto no se podía comparar con aquel día, imposible jamás: Dos horas y no pude tomar un solo ómnibus para regresar a casa. Perdón, aquí no se llaman óbnibus, aquí se llaman combis, un seudo sistema de transporte que no garantizaba ni la mas mínima calidad de servicio de transporte, ni mucho menos alivianarle el estrés a alguien que viene viajando días con el deseo de llegar y comer los mejores platillos de mamá. No señor, muy por el contrario lo tienes más complicado que EEUU volverse socialista, más si en tu cuerpo llevas 35 kilos de equipaje en dos mochilas.
Ni el hombre araña podría viajar en Combi; al menos él puede viajar sin caerse o ser estrujado, aunque triturado - palabra correcta metafóricamente hablando - por un mar de gente que sigue subiendo y se acomoda como puede, mientras que el espeso de ese bicho llamado "cobrador" sigue llamando mas gente con las clásicas frases de "el carro tá vacío", "avanza pe chochera", "al fondo hay sitio", "aguanta", "pie derecho", hasta llegar a la odiosa palabra de "a ver pasajes con sencillo", haciendo sonar un puñado de monedas con sus manos, como cobrándote una deuda que nunca has querido pagar. Lo peor de todo es que ni siquiera tienes espacio para meterte la mano al bolsillo o ver con cuanto estas pagando. Yo "ni loco" pensé después de imaginar estas situaciones, así que opté por tomarme un taxi como mereciéndome tomar un descanso al estrés de mi largo viaje.
Finalmente llegue a casa; mi madre me recibió con un gran abrazo al igual que todos mis hermanos. En seguida miré la mesa; estaba tendida justo para comenzar la cena. Camine hasta el comedor, dejé caer mis mochilas en el suelo, y observé cada rincón de la casa, la cual había cambiado mucho desde la ultima vez que la había visto; es mas, creo que mereció mi partida porque de alguna forma atribuí aquel cambio con mi partida y mi regreso, para de esta forma ver las cosas habían cambiado, pero en el fondo el que había cambiado a ver las cosas era yo.
Por alguna razón me sentí extraño ese día, contento pero al mismo tiempo temeroso, nervioso de saber que me tocaría vivir en adelante. Sin más preámbulo, pasarían dos días y me puse a buscar trabajo con la idea de ahorrar un poco y después regresar a Rosario, porque en ese momento entendí que ya no pertenecía a ese lugar. Cinco días después busque una habitación, porque me encanta la idea de vivir solo, de liar con mis propios problemas. No es un lugar acogedor pero tampoco necesito grandes cosas, solo un computador conectado a Internet para sentir que estoy al tanto de todo, en todas partes, en los lugares que mas extraño.
Hoy tengo un puesto como jefe de almacén bien remunerado, pero sin dudas no es un trabajo que me motive a perpetrarme aquí nuevamente. Muy por el contrario me siento preso del trabajo, me siento cómplice del sistema opresor al que suelo discrepar. No obstante, hace poco me comunicaron un nuevo ascenso, que sin dudas se va amoldando a lo que a mi me gusta vivir, ocupando un cargo en la sucursal de Ecuador de la empresa donde trabajo.
Ando como buscando, busco como soñando, sueño como andando.


