Es extraño tener dos puntos de vista opuestos para calificar un mismo lugar al mismo tiempo: Un país de ensueño presto para que la aventura se amalgame con lo inédito, increíble, y memorable, no me dejan negar cada vez que, me preguntan cuál fue el lugar que menos o más me gustó de todos los que ya conozco, respondo con una expresión gratificante que fue Bolivia.
Romper con el mito de que los peruanos somos muy mal vistos en este país, creo que va depender de las circunstancias y con el tipo de personas con las que nos crucemos en el camino; al final sin estar muy lejos, descubres que quizás la realidad no está muy lejos de las afirmaciones sobre el mito de la "viveza" del perucho, cualidad que cobra vida propia o quizás se esconde dentro de la candidez de la tradición, la confianza, la ayuda mutua, y la sinergia que hace de la cultura Boliviana un pan fácil de roer para aquellos que se aprovechan del joven despertar de este puma que anduvo dormido, y que poco a poco va rompiendo sus cadenas, manteniendo todavía una cierta "inocencia" frente a los últimos vicios del sistema mundial.
En la Paz fuimos bien recibidos por el cuerpo de bomberos de la ciudad gracias a la locuacidad y perspicacia de Ubi, quien ya con tantos kilómetros de supervivencia recorridos, sabía todo el tiempo cómo ganarse el aprecio de las personas con sus grandes anécdotas. Hasta esta parte del viaje, el se había ganado ya mi respeto y admiración, algo que sin duda no suelo profesar tan fácilmente a cualquiera, y quizás por ello, más que un compañero de viaje lo comencé a mirar de una forma paternal o casi como la de un hermano.
Fue increíble conocer La Paz en el primer día después de atravesar la frontera peruana, y después de haber recorrido 140 km. y 8 horas sobre la bicicleta, en la ciudad de “El Alto” buscábamos como unos tontos la hora de ver a la urbe alzándose con sus edificios, cosa que nunca vimos solo hasta que ya un poco contrariados de cuanto nos faltaba para llegar, preguntamos a un policía y este de lo más normal nos respondió señalando con su dedo: "Allá abajo". Nos acercamos a lo que parecía un mirador y quedamos pasmados al ver que una inmensa ciudad se alzaba en el canto de lo que parecía un "hueco" que se formaba entre las cordilleras y aquel acantilado.
La bajada hacia el centro de la ciudad fue impresionante. Fue algo curioso ver que en cierta forma, las costumbres urbanísticas son tan iguales a las peruanas, aunque en cuanto al sistema de transporte y la forma en que las personas interactúan con él, a diferencia en que al menos los bolivianos tratan de ser mas ordenados, a pesar que su precario y obsoleto sistema de transporte sea mas desfasado que el nuestro; al menos tienen terminales en cada una de sus ciudades y tan solo falta educar a la gente a no actuar como rebaños. De igual modos me sentí orgulloso, ya que mirándolo desde este modo, en algún momento de la historia, al hablar de Bolivia hablábamos del Perú, o viceversa.
Nuestro segundo destino sería la ciudad de Cochabamba, en donde aprovechamos en visitar a Elizabeth, una chica que conocimos en el tour que hiciéramos días antes a las islas flotantes en Puno. Ellas nos recibió entonces en esta ciudad, y amablemente nos sugirió algunos lugares para hospedarnos, aunque finalmente optamos por hospedarnos en un hostal de mala muerte que nos cobró 9 Bs. la noche, precio que no sobrepasaba los $2.00; aunque por ello tuvimos que soportar los alaridos de pasión de la putas que entraban y salían del lugar durante toda la noche.
Solo permanecimos dos noches, en donde aparte de dar vueltas en la ciudad conociendo sus alrededores o buscando alguna que otra cosa para entretenernos, en la segunda noche Elizabeth nos llevó a conocer la feria Internacional de Cochabamba, la cual me hacía recordar a la añorada feria del pacifico en Lima.
Ya en Potosí, ciudad ubicada a los 4000 metros de altura, seriamos recibidos por Florencio y Teodora Ramos, una pareja muy peculiar y conocida en el mundo ciclo – viajero, porque convirtieron su casa en un albergue para ciclistas sin fines de lucro, afición de la cual ahora nos tocaba experimentar gratamente. Ubi y yo fuimos el primer mexicano y peruano en firmar el libro de visitas, así como dos de los más de 70 visitantes de todo el mundo que pasaron por la casa, y cuyas visitan aún se podían sentir plasmadas en los rincones de la habitación, en diarios olvidados, libros dejados para que otros viajeros puedan entretenerse en la estancia, recomendaciones de otros contactos en Sudamérica, datos geográficos, topográficos, rutas, etc, lo suficiente como para en nuestros cinco días de permanencia nos empapáramos con la reorganización de nuestro viaje.
Sería en esta ciudad en donde puedo afirmar que mi vida cambió, no sé hasta ahora si para bien o para mal, pero de lo que estoy seguro es que la visión de mi viaje, de un lado más turístico pasó a ser un poco mas de lado humano, visión que caló muy en el fondo, al punto de que si antes tenía dudas de quien era realmente, en esos días ya me dejo de importar el hecho de no saber nada, y más bien me comencé a identificar con todas las personas, como queriendo encontrar en ellas algo de mí.
Florencio y Teodora tenían una bodega muy surtida, así como una panadería muy prospera en la que trabajaba toda la familia Ramos, incluyendo los más jóvenes y más niños. Cierto día decidí ayudarlos en la preparación del pan de la tarde, llenando las canastas, subiéndolas a la camioneta, así como después a limpiar el lugar terminado la faena. “Extrañaba trabajar”, exclame aquella noche que sería ya la ultima en Potosí, y para la cual Florencio y Teodora nos dieron a probar la sazón del guisado de llama, el que a final estuvo muy apetitoso.
Durante la cena, no se pudo evitar tocar el tema de la guerra del Pacifico y de lo que ello significó tanto para los países comprometidos, pero sería aquí que descubriría que tanto Chile, Bolivia, y Perú comparten una historia distintas de los mismos hechos en sí: Mientras Bolivia culpa a Perú por la pérdida de su mar, Perú culpa a Bolivia de ganarse una guerra que no le correspondía, y Chile hace gala de una victoria, a mi parecer no tanta de vanagloriar. En fin, aspectos históricos – sociales que quizás y deba debatir por separado, pero que sin dudas en aquel momento pensé, en que si los tres países decidiéramos en hacer una misma historia de los hechos, sin que una acreciente el resentimiento de la otra, acabaríamos con esas diferencias clasistas y estúpidas, que poco o nada ayuda con la integración regional que debiéramos tener en sí.
Romper con el mito de que los peruanos somos muy mal vistos en este país, creo que va depender de las circunstancias y con el tipo de personas con las que nos crucemos en el camino; al final sin estar muy lejos, descubres que quizás la realidad no está muy lejos de las afirmaciones sobre el mito de la "viveza" del perucho, cualidad que cobra vida propia o quizás se esconde dentro de la candidez de la tradición, la confianza, la ayuda mutua, y la sinergia que hace de la cultura Boliviana un pan fácil de roer para aquellos que se aprovechan del joven despertar de este puma que anduvo dormido, y que poco a poco va rompiendo sus cadenas, manteniendo todavía una cierta "inocencia" frente a los últimos vicios del sistema mundial.
En la Paz fuimos bien recibidos por el cuerpo de bomberos de la ciudad gracias a la locuacidad y perspicacia de Ubi, quien ya con tantos kilómetros de supervivencia recorridos, sabía todo el tiempo cómo ganarse el aprecio de las personas con sus grandes anécdotas. Hasta esta parte del viaje, el se había ganado ya mi respeto y admiración, algo que sin duda no suelo profesar tan fácilmente a cualquiera, y quizás por ello, más que un compañero de viaje lo comencé a mirar de una forma paternal o casi como la de un hermano.
Fue increíble conocer La Paz en el primer día después de atravesar la frontera peruana, y después de haber recorrido 140 km. y 8 horas sobre la bicicleta, en la ciudad de “El Alto” buscábamos como unos tontos la hora de ver a la urbe alzándose con sus edificios, cosa que nunca vimos solo hasta que ya un poco contrariados de cuanto nos faltaba para llegar, preguntamos a un policía y este de lo más normal nos respondió señalando con su dedo: "Allá abajo". Nos acercamos a lo que parecía un mirador y quedamos pasmados al ver que una inmensa ciudad se alzaba en el canto de lo que parecía un "hueco" que se formaba entre las cordilleras y aquel acantilado.
La bajada hacia el centro de la ciudad fue impresionante. Fue algo curioso ver que en cierta forma, las costumbres urbanísticas son tan iguales a las peruanas, aunque en cuanto al sistema de transporte y la forma en que las personas interactúan con él, a diferencia en que al menos los bolivianos tratan de ser mas ordenados, a pesar que su precario y obsoleto sistema de transporte sea mas desfasado que el nuestro; al menos tienen terminales en cada una de sus ciudades y tan solo falta educar a la gente a no actuar como rebaños. De igual modos me sentí orgulloso, ya que mirándolo desde este modo, en algún momento de la historia, al hablar de Bolivia hablábamos del Perú, o viceversa.
Nuestro segundo destino sería la ciudad de Cochabamba, en donde aprovechamos en visitar a Elizabeth, una chica que conocimos en el tour que hiciéramos días antes a las islas flotantes en Puno. Ellas nos recibió entonces en esta ciudad, y amablemente nos sugirió algunos lugares para hospedarnos, aunque finalmente optamos por hospedarnos en un hostal de mala muerte que nos cobró 9 Bs. la noche, precio que no sobrepasaba los $2.00; aunque por ello tuvimos que soportar los alaridos de pasión de la putas que entraban y salían del lugar durante toda la noche.
Solo permanecimos dos noches, en donde aparte de dar vueltas en la ciudad conociendo sus alrededores o buscando alguna que otra cosa para entretenernos, en la segunda noche Elizabeth nos llevó a conocer la feria Internacional de Cochabamba, la cual me hacía recordar a la añorada feria del pacifico en Lima.
Ya en Potosí, ciudad ubicada a los 4000 metros de altura, seriamos recibidos por Florencio y Teodora Ramos, una pareja muy peculiar y conocida en el mundo ciclo – viajero, porque convirtieron su casa en un albergue para ciclistas sin fines de lucro, afición de la cual ahora nos tocaba experimentar gratamente. Ubi y yo fuimos el primer mexicano y peruano en firmar el libro de visitas, así como dos de los más de 70 visitantes de todo el mundo que pasaron por la casa, y cuyas visitan aún se podían sentir plasmadas en los rincones de la habitación, en diarios olvidados, libros dejados para que otros viajeros puedan entretenerse en la estancia, recomendaciones de otros contactos en Sudamérica, datos geográficos, topográficos, rutas, etc, lo suficiente como para en nuestros cinco días de permanencia nos empapáramos con la reorganización de nuestro viaje.
Sería en esta ciudad en donde puedo afirmar que mi vida cambió, no sé hasta ahora si para bien o para mal, pero de lo que estoy seguro es que la visión de mi viaje, de un lado más turístico pasó a ser un poco mas de lado humano, visión que caló muy en el fondo, al punto de que si antes tenía dudas de quien era realmente, en esos días ya me dejo de importar el hecho de no saber nada, y más bien me comencé a identificar con todas las personas, como queriendo encontrar en ellas algo de mí.
Florencio y Teodora tenían una bodega muy surtida, así como una panadería muy prospera en la que trabajaba toda la familia Ramos, incluyendo los más jóvenes y más niños. Cierto día decidí ayudarlos en la preparación del pan de la tarde, llenando las canastas, subiéndolas a la camioneta, así como después a limpiar el lugar terminado la faena. “Extrañaba trabajar”, exclame aquella noche que sería ya la ultima en Potosí, y para la cual Florencio y Teodora nos dieron a probar la sazón del guisado de llama, el que a final estuvo muy apetitoso.
Durante la cena, no se pudo evitar tocar el tema de la guerra del Pacifico y de lo que ello significó tanto para los países comprometidos, pero sería aquí que descubriría que tanto Chile, Bolivia, y Perú comparten una historia distintas de los mismos hechos en sí: Mientras Bolivia culpa a Perú por la pérdida de su mar, Perú culpa a Bolivia de ganarse una guerra que no le correspondía, y Chile hace gala de una victoria, a mi parecer no tanta de vanagloriar. En fin, aspectos históricos – sociales que quizás y deba debatir por separado, pero que sin dudas en aquel momento pensé, en que si los tres países decidiéramos en hacer una misma historia de los hechos, sin que una acreciente el resentimiento de la otra, acabaríamos con esas diferencias clasistas y estúpidas, que poco o nada ayuda con la integración regional que debiéramos tener en sí.




