Que difícil resulta describirse asimismo, pero recogiendo el punto de vista de los demás y los aspectos notoriamente resaltantes, quiero asegurar que puedo sorprenderte con una ocurrencia, sea buena, mala, o hasta a veces hilarante, en cualquier momento.En la experiencia personal de mi vida rutinaria hay hechos de sobra para corroborar lo antes dicho, y es que, en medio de una maraña de recuerdos y vivencias que se me vienen a la mente, evoco con añoranza la ciudad de Pisco, el pueblo de mis abuelos, lugar en que coincidentemente, un 8 de septiembre de 1820, desembarcara por primera vez el General Don José de San Martín para dar inicio a su expedición libertadora en el Perú.
Nací en Lima un 28 de Enero de 1977, paralelamente bajo la convulsión social y cambios de aspectos políticos en toda América Latina. El Perú de aquel entonces ya vivía los sucesos de los golpes militares, y unas pequeñas escaramuzas en el interior, iniciada por campesinos reclamando cambios políticos radicales, tal es así, que dichos acontecimientos se convertirían en uno de los principales problemas sociales que sufriría el Perú, con una guerra interna que duraría veinte años: La época del terrorismo y los 69 000 muertos y mas de 30 000 desaparecidos.
Anecdóticamente, mi madre en sus arrebatos de histeria, solía echar la culpa de mis “miedos e inseguridades” a los coches bombas y balaceras que ya se habían vuelto tan comunes en la sociedad limeña, aduciendo que esta crisis social influía en el carácter demoníaco escondido en mí, característica que hiciera ganarme el apelativo de “Loco” en mi familia, gracias a la vez en que jugando a ser “Superman” me lancé del techo de la casa de mis abuelos porque pensé que con la capa era suficiente para volar como los pájaros.
Yo tenia 6 años cuando ella percibió que yo no estaba viviendo una niñez normal, ya que era imposible que me desenvolviera en un ambiente tan inseguro, y la estrategia de la televisión, el abarrotarme de juguetes, mantenerme encerrado en casa todo el día, sin opción a interactuar con otros niños, no era lo mas recomendable. Barajó entonces en varias oportunidades enviarme con mis abuelos, y ahora que lo pienso, creo que lo decidió finalmente aquel día en que afeite a mi perro jugando al peluquero.
A partir de ese día me separaría por primera vez de mi madre, y daría comienzo a una etapa que marcaría mi personalidad por el resto de mi vida. De una crianza protectora pase a disfrutar de la libertad que por defecto se basaba en la cultura ultra conservadora de mis abuelos: “Los hombres se hacían en la calle y las mujeres en casa”. Mala suerte para prima Glenda quien se la paso fregando platos todo el tiempo, mas en cuanto a mi, me cruce con la mejor de mis glorias, y un encuentro con mi espíritu de libertad, de aventurero innato, impulsivo, y ocurrente.

San Andrés es un pueblo tranquilo y apacible, con muchas historias y misterios para contar. Rodeado por el desierto y pequeños valles a su alrededor, es observado por el oeste por un mar risueño e interesante. Se dio propicio para dar riendas sueltas a mi yo, montando con mis demás primos grandes caravanas por el desierto que, comenzaban por la mañana y terminaban momentos antes del oscurecer, repitiéndose tantas veces que me es difícil recordar cuantas fueron con exactitud. Asimismo, la suerte de descender de una estirpe de pescadores, me brindo la oportunidad de navegar con mi abuelo por el mar; tanto me gusto navegar que aprendí a hacerlo por si solo a mis ocho años, hurtando a escondidas en complicidad con mis primos el bote de mi abuelo, navegando hacia las “Islas Ballestas”, ubicada a unos 10 Km. mar adentro, solo hasta el día que dicha travesura terminara empotrando el bote contra unos peñascos, y por primera vez tuve que liar con la sobre vivencia en las frías aguas del pacifico. Después de ese hecho que me costo no salir de casa por mas de siete meses, y un pago de por vida que hasta hoy le sigo pagando a mi abuelo, mas por penitencia que por deuda mismo, con ello certifiqué mas aun el apelativo “El loco”, denominación que de buenas a primeras no me gustaba mucho, pero que hoy me encanta de una forma muy tierna y maquiavélica al mismo tiempo.
Ese soy yo a grandes rasgos: mucho que contar, mucho que hice y no hice, mucho que recordar, tantas palabras que se pueden resumir en un típico hombre que desde aquellos días amo la libertad y el contacto con el mar, la tierra, la naturaleza, y las estrellas. Soy el eterno soñador, el que aun prefiere creer en que los chanchos vuelan, el que a pesar del tiempo por mas que intento madurar, sigo congelado en ese niño intacto que quizás me hace sensible, torpe, ingenuo, y arriesgado. Me gusta ser así, aunque a veces te hace vulnerable ante la incomprensión de los adultos, porque ellos ya olvidaron lo que significa ser niño, ya se olvidaron de la paz que emanaban los sentimientos inocentes.
Por aquellos días, mi madre me regalaría mi primera bicicleta. Según las recomendaciones del psicólogo para desviar un poco mi ansiedad y mi fortuita terquedad de meterme en problemas. Ese día se me ocurrió preguntar si con una bicicleta yo podía hacer viajes largos, lo que desato una carcajada de la familia entera por tratarse de otras de “mis locuras”, sin imaginar que ello se quedaría en mi inconsciente.
Ahora me pregunto que habrán dicho el día que a mis veintisiete años, decidiera dejar mi empleo, mi novia, mi perro, mi vida entera, para cumplir esa idea que todos pasaron por desapercibido: Recorrer América del Sur en bicicleta.
Ahora parado frente a ustedes, se me viene mas cosas que contar, pero eso es una historia mas disparatada. Mas lo que aprendí de este viaje es una frase con la cual despierto ahora todos los días: “No hay mejor valiente que aquel que sale en busca de sus sueños, arriesgando todo sin miedo al fracaso”.
Soy entre lo que soy y no soy; a veces entre lo que está y no está. Por ello, una persona especial me dice casi todo el tiempo “paras en las nubes, aterriza”, pero yo le respondo: “déjame volar que no cuesta nada”.


